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VISIÓN
GENERAL DEL RETABLO
La Iglesia de Santa Bárbara de Llaranes realza
artísticamente el frente del ábside principal con un magnifico
retablo renacentista, del S. XVI, de autor desconocido,
restaurado en Madrid, y procedente de la localidad burgalesa de Tubilla
del Lago, de la Diócesis de Burgo de Osma.
Los retablos son estructuras arquitectónicas,
generalmente de madera, divididos en una serie de espacios que contienen
pinturas o esculturas. Se situaban detrás del altar, adosados a la pared
(retablo deriva de “retro" y “tabula", detrás de la mesa o del altar) y
mostraban representaciones que ilustraban a los fieles con pasajes
bíblicos, de la vida de Cristo, de los santos, etc.
El retablo de la Iglesia de Llaranes,
de madera dorada, es de pequeñas dimensiones, acorde probablemente con
su primitivo emplazamiento en Tubilla del Lago. El espacio central está
ocupado por una escultura de Santa Bárbara -bajo cuya advocación se
encuentra la Iglesia-, copia de una talla alemana del siglo XIII.
En conjunto, el retablo se compone de
nueve espacios o "casas". En el central, la
talla de Santa Bárbara.
La predela, o
piso inferior, contiene tres vidas de
santos. En la calle izquierda se desarrollan escenas de la infancia de
Jesús; en la calle derecha las escenas del Descendimiento y la
Resurrección; y en el ático, coronando el retablo, la Crucifixión.
Todas
estas escenas, pintadas al óleo, muestran la sencillez y la tendencia al
naturalismo que caracterizan el gótico tardío y el amanecer
renacentista.
Los espacios del retablo van enmarcados por columnas abalaustradas
(en los pisos superiores) y por pilastras (en el piso inferior) con
decoración vegetal. La parte superior de cada espacio lleva una cenefa o
banda decorada a base de grutescos (animales fantásticos afrontados,
putti, amorcillos, vegetales, etc.). Finalmente, cada
cuadro va protegido por una moldura en resalte o guardapolvo para
proteger las pinturas.
LA CRUCIFIXIÓN
De los nueve espacios o casas en que se divide el retablo, el
superior o ático contiene el tema de la Crucifixión, tema central de la
iconografía cristiana que suele presidir los altares, retablos, salas
capitulares, etc.
Aunque la escena de la Crucifixión es sobradamente conocida por todos
los cristianos, y aunque sus elementos compositivos -figura de Cristo,
los clavos, la cruz, etc.-son ciertamente recurrentes, conviene, no
obstante, detenerse y observar con atención algunas singularidades,
pequeños matices, que en cada época y cada artista introduce en el
tratamiento de esta escena.
Con respecto al lugar y al momento de la Crucifixión, los evangelios
dicen que ésta tuvo lugar extramuros, fuera de las murallas de
Jerusalén, en un pequeño montículo llamado Gólgota (que significa
calavera en hebreo y por lo que los romanos le llamaron "calvario"), que
Cristo expiró a las tres de la tarde y que en ese momento el cielo se
oscureció. El artista de esta Crucifixión quiso plasmar el preciso
instante -las tres de la tarde- en que Cristo expiró. Para ello
introduce unos pequeños nubarrones en la parte izquierda del cuadro.
Para la referencia al lugar -extramuros de Jerusalén- se vale de un
fondo de murallas y edificios alusivos a la ciudad.
Con respecto a la figura de Cristo en la cruz las interpretaciones
plásticas son igualmente muy numerosas y variadas: vivo, mirando al
cielo, doliente, muerto, la cabeza y el cuerpo en distintas posiciones,
etc.
En este retablo, la figura de Cristo aparece, como se ha dicho,
representada en el momento mismo de su muerte: los ojos semicerrados, la
cabeza caída y ligeramente inclinada hacia su derecha (hacia María, su
madre, que indina la suya en la misma dirección). El cuerpo cubierto
por un simple paño de pureza, sujeto a la cruz por tres clavos, uno para
cada mano y otro para los dos pies. Las gotas de sangre producidas por
la corona de espino se transforman en rojas flores de lis -símbolo de la
realeza de Cristo- y orlan su cabeza a modo de nimbo crucífero.
La tradicional cruz
latina (de cuatro brazos desiguales) es sustituida aquí por la cruz en
tau (en forma de T, de tres brazos). El brazo superior es sustituido por
una cartela con la inscripción INRI Jesús Nazareno Rey de
los Judíos - que los soldados romanos colocaron a modo de burla -junto a
la corona de espino- para mofarse de Jesús en el Pretorio.
Los evangelios refieren que en el
momento de la muerte de Jesús había allí una muchedumbre de gentes;
soldados, mujeres, etc. Aquí el artista 0pta por una escena de gran
sencillez e intimidad: sólo representan a la Virgen María, María
Magdalena y Juan Evangelista, los cuales, con actitudes serenas y
resignadas, acompañan a Cristo en el preciso momento de su muerte.
LA SAGRADA FAMILIA
En la calle izquierda del retablo, en
la casa del primer piso, se desarrolla el tema de la Sagrada Familia. Se
trata de un tema iconográfico de carácter genealógico,
desarrollado ya desde la Edad Media de dos maneras diferentes: bien
representando al Niño con su madre María y su abuela Santa Ana; o bien
representando al Niño con sus padres Maria y José.
La primera de las
versiones - Santa Ana, La Virgen y el Niño -, la más popular y conocida,
adquirió gran desarrollo con los Jesuitas, tras el concilio de Trento.
El tema iconográfico de la Sagrada Familia, en cualquiera de sus
versiones, tiene sus orígenes en otros temas genealógicos más antiguos,
como son el Árbol de Jesé y la Estirpe de Santa Ana o Parentela de
María.
El tema del Árbol de Jesé o árbol genealógico de Cristo tuvo una gran
aceptación popular en la Edad Media. Se trata de un tronco de árbol en
el que se superponen varias figuras, desde Jesé, padre de David, en la
base, hasta el propio Jesús en la cima. En este tema se plasmaba la
profecía de Isaías según la cual el Mesías nacería de la tribu de Judá y
de la casa de David. Sin duda el ejemplo más conocido por todos nosotros
de este tema es el que figura en el parteluz del Pórtico de la Gloría de
la Catedral de Santiago de Compostela y donde los peregrinos introducen
los dedos para hacer peticiones al santo.
El tema de la estirpe de Santa Ana o Parentela de María, también de
cierta aceptación en los momentos finales del Medioevo, se basa en
leyendas apócrifas sobre los tres matrimonios de Santa Ana y sus tres
hijas: María, María de Cleofás y María Salomé. No obstante este tema
genealógico fue desapareciendo de la iconografía religiosa al ser
rechazado por el Concilio de Trento.
En esta escena de la Sagrada Familia la
representación y disposición de los personajes es bien sencilla: las dos
mujeres aparecen sentadas en un banco, sus cabezas coronadas de nimbo, y
mientras María representa al
Niño
(cuya cabeza se rodea, a su vez, con
nimbo floral), Santa Ana le señala como el anunciado por las
escrituras.
LA ADORACIÓN DEL NIÑO JESÚS
El espacio superior de la calle izquierda
del retablo se encuentra
ocupado por el tema de la Adoración.
Los evangelios son muy
parcos a la hora de referir el nacimiento y adoración de Jesús. El de
San Mateo (2,1) dice escuetamente que "Jesús nació en Belén de Judá en
tiempos del rey Herodes". San Lucas (2,7), precisando algo más la
situación, dice que "estando allí (Belén) le llegó el tiempo del parto
y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo acostó
en un pesebre, porque no encontraron sitio en la posada".
Sobre referencia tan
escueta, los artistas han interpretado el tema introduciendo y cambiando
diferentes personajes: María, José, ángeles, reyes magos, pastores,
etc., con o sin animales: buey, asno, corderos, etc., distintos
ambientes: pesebre, cueva, fondos arquitectónicos, etc.
En nuestro retablo, la escena de la
Adoración se articula en cuatro planos, ocupado cada uno por una serie
de personajes que mantienen poca relación entre si.
El primer plano aparece ocupado por las
figuras de Jesús, María y José. El Niño Jesús, desnudo y con nimbo
crucífero, reposa sobre una gran losa de piedra que, a modo de ara o
altar, anticipa o simboliza el sacrificio de la cruz. Para la Virgen
María, arrodillada ante el niño y en actitud orante, el artista
probablemente siguió un modelo muy popular en el siglo XV, inspirado en
las visiones de Santa Brígida de Suecia.
En un segundo plano se perfilan las
cabezas del buey y el asno. La presencia de estos animales en el pesebre
no figura en los evangelios canónicos. Aparecen por primera vez en el
evangelio apócrifo del Pseudo Mateo. En la Edad Media los teólogos
relacionaban su presencia con las profecías de Isaías y Habacuc, así
como con distintos simbolismos: los judíos y los gentiles (el buey a los
judíos, uncidos al peso de la Ley; el asno a los gentiles, uncidos a
la carga de la idolatría, también como figura de los dos ladrones que
acompañarán a Cristo en la cruz, etc. La piedad popular, por el
contrarío les asignaba la tarea de calentar al niño con su cuerpo y con
su aliento.
En tercer lugar, siguiendo a San Lucas
(2,8), se representa a los pastores. "En las cercanías había unos
pastores... Se les presentó el ángel del Señor y les dijo...
Encontraréis al niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre".
Estos pastores, vestidos con sus capas de abrigo y en animada
conversación, son los primeros en acudir a adorar al Niño y a ofrecerle
sus presentes. Por lo general se presenta a tres pastores, los cuales
ofrecen regalos acordes con el oficio pastoril: un caramillo (símbolo
de la palabra con la que atraerá a sus discípulos), un cayado (alude a
su condición de pastor de almas) y un cordero (en alusión a su
sacrificio en la cruz).
Finalmente, en el fondo, aparece un
ambiguo personaje cuya interpretación resulta problemática: bien es un
testigo de la acción desarrollada en la escena, bien se trata de Salomé,
la partera incrédula mostrando la milagrosa curación de su mano.
LAMENTACIÓN SOBRE CRISTO MUERTO
Los cuatro evangelistas
narran los sucesos referidos al descendimiento y entierro de Cristo en
términos muy parecidos: José de Arimatea, obtenido el permiso de
Pilatos, acompañado por Nicodemo y las Santas Mujeres, descuelgan el
cuerpo de Jesús., lo envuelven en una sábana y lo depositan en sepulcro
excavado en la roca y cuya entrada fue cerrada por una losa.
Esta concisa referencia evangélica dará
lugar, a partir de la Edad Media, un riquísimo repertorio iconográfico
-descendimiento, unción, lamento o llanto sobre el cadáver, entierro-
con gran diversidad de personajes, matices e interpretaciones.
A la difusión y
popularización de estos temas contribuyeron varios factores: el interés
de los gremios y cofradías por efectuar representaciones teatrales
sobre distintos aspectos de la vida de Cristo (Navidad, la Pasión, etc.)
y que tenían lugar en el interior de las iglesias; a la gran labor
divulgadora realizada por los franciscanos quienes tenían a su cargo la
custodia de los Santos Lugares, a una abundante literatura religiosa de
visiones místicas, etc.
En el piso bajo de la calle derecha,
se representa el tema de la
Lamentación o llanto sobre Cristo muerto, que al igual que el resto de
las escenas del retablo, muestra una gran sencillez en la composición y
una emoción contenida en el rostro de todos los personajes.
La composición se organiza en un bloque
piramidal cuya base es ocupada por el cuerpo yaciente de Cristo sobre
la blanca sábana que le servirá de mortaja. En tomo a Él, en actitud
recogida e implorante, se disponen San Juan Evangelista, María, María
Magdalena (suele aparecer a los pies de Cristo en recuerdo de la unción
en casa de Simón), y las Santa Mujeres (María Salomé y María Cleofás).
El contraste en la utilización del color contribuye a la expresividad
emocional de la escena: el blanco de la sábana y la palidez cadavérica
de Cristo, el negro luctuoso de María, y los rojos de los vestidos de
Juan y la Magdalena. El fondo de la escena aparece ocupado por
edificios religiosos, alusivos a la Basílica y al Santo Sepulcro (de
planta circular) de Jerusalén.
(En la sala Capitular de
la Catedral de Oviedo se encuentra un extraordinario retablo
escultórico -Retablo de las Lamentaciones- con el mismo tema y realizado
poco antes que el aquí comentado.
LA RESURRECCIÓN
La Resurrección constituye, junto con
la Crucifixión, el principal motivo iconográfico del arte cristiano.
Es prácticamente
inconcebible un ciclo figurativo de la vida de Cristo en que no
aparezcan una o ambas representaciones.
Los cuatro Evangelistas
-Mateo, Marcos, Lucas y
Juan- narran la Resurrección de forma muy parecida:
“Al amanecer del tercer
día después de la Crucifixión, las santas mujeres se dirigen con
perfumes y bálsamos hacia el sepulcro, aquí se encuentran con un ángel
que les anuncia que Jesús ha resucitado".
A partir de estas
referencias el tema ha sido tratado de muy diversas maneras según las
épocas, las corrientes artísticas, etc.
Las representaciones más antiguas
de la
Resurrección son aniónicas (sin figuras) con un simple sarcófago vacío
y una cruz desnuda. Igualmente, por influencia de los Bestiarios
medievales, se representó de manera zoomórfica (en forma de animal);
así Cristo se mostraba en forma de ave fénix (que resucita de sus
cenizas), de pelícano (que legaba a alimentar a sus crías con la sangre
de su propio pecho abierto), de león, etc. Posteriormente, comenzaron a
utilizarse prefiguraciones alegóricas o simbólicas tomadas del Antiguo
Testamento, principalmente la de Jonás expulsado a los tres días del
vientre de la ballena, o la de Sansón derribando las puertas de Gaza
como alusión a las puertas del infierno derribadas por Cristo.
Será en plena Edad Media cuando el tema
de la Resurrección abandone las figuraciones aniónicas, zoomorfitas,
alegóricas o simbólicas para ser representado de manera real, con la
figura de Cristo protagonista de la escena (aunque en los evangelios no
aparece como tal). Este cambio iconográfico viene motivado por las
exigencias de las incipientes representaciones teatrales, efectuadas en
el interior de las iglesias, que estimulaban la piedad popular y el afán
de los fieles por introducir personajes reales: Cristo, ángeles, santas
mujeres, guardias. Etc.
En el retablo de Llaranes, la escena de
la Resurrección aparece presidida por la figura de Cristo triunfante, de
pie sobre la tapa del sarcófago, con nimbo crucífero,
la mano derecha en actitud de bendecir y
en la izquierda la Cruz de la salvación.
Cuatro soldados
atemorizados o expectantes rodean su figura (la presencia de soldados
solamente es referida por el evangelista Mateo). Sus vestimentas son
anacrónicas ya que no son las típicas de los soldados romanos, sino más
bien de los soldados renacentistas. A la derecha, uno de los guardias
permanece arrodillado y con la mano levantada, probablemente aluda a Longinos (que había dado la lanzada a Cristo), jefe de la guardia, y que
según la tradición popular se convirtió al cristianismo tras los
sucesos que presenció.
Las primeras luces del día que emergen
por el horizonte
indican el momento en que
tiene lugar el suceso: al amanecer, tal como coinciden los cuatro
evangelistas.

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